Por primera vez en todo este tiempo de retiro, se me dio por contar los días. Son 29.

Un número lleno de significado para mí; la suma de sus dígitos da 11, número maestro que utilizo en cada trabajo mío.

Tal vez por eso, es que a los 29 días, mi cuerpo, mi mente y mi alma me están diciendo: Para ya.

Cómo me perdí…

Desde el punto de vista espiritual ésta crisis viene acompañada de un mensaje, sin embargo, la vorágine del caos, la suspensión de golpe de todos los proyectos laborales que tenía y la ansiedad que asomaba de vez en cuando por una rendija, me llevaron a subirme a otro caos en un campo totalmente desconocido para mí, cuando se suponía que tenía que parar.

Era evidente que mi forma de trabajar pedía un cambio. La prisa exterior me gritaba: “Tienes una cuarentena para reciclarte, aprovecha el tiempo…” . Así fui entrando en un bucle donde en pocos días aprendí a manejar las nuevas tecnologías: software de edición, plataformas de emisión, tutoriales de “aprende a montar una clase online”; “aprende a editar tu audio”; “aprende a editar tu video” y cientos de tutoriales más que me llevaron por fin a dar mi primera clase de yoga online y alguna que otra charla de apoyo, en un tiempo récord.

Este movimiento de asimilar información rápidamente y aplicarla sin tiempo al ensayo/error, sumado a mi vergüenza de exponerme frente a una cámara, ha ido provocando cierto estrés y contradicción dentro de mí que, hasta hoy, no había querido verlo.

Ahora voy a aplicarme  el cuento, porque mi trabajo es ayudar a las personas que lo desean, a reconocer y cambiar sus estados a través de la atención plena al cuerpo, a la respiración, a las emociones, a la mente, al alma. En cierta manera, yo estaba haciendo caso omiso a algunas partes de esta fórmula, no estaba prestando atención a nada, sólo a la prisa de “hacer rápido el cambio”.

Es verdad, que todo esto me ha ayudado a salir de mi zona de confort, Pero…

Todo un cambio tiene un precio…

El querer hacer, hacer, hacer para “no perder” el tiempo de cuarentena  sólo ha provocado que me fuera perdiendo de mi misma en una rueda sin sentido, provocada nuevamente por una sociedad alterada, llena de miedos y prejuicios. Dónde apoteósicamente han aparecido cientos y miles de gurús, maestros de todo, expertos de “cómo hacer…”, mentores estratégicos, vaticinadores de futuro o patrocinadores de soluciones a todo tipo de problemas.

Cuando el ser humano no sabe a dónde se dirige se aferra a cualquier cosa para sentirse seguro, aunque ésta cosa sea un clavo ardiendo, que aunque provoque dolor, alberga una pequeña sensación de seguridad porque es lo que tiene o ve en ese momento.

Reconozco que me dejé llevar por la turbulencia para “no perder mi seguridad”.

¿Es que acaso algo es seguro”. Absolutamente, Nada es seguro.

Lo que ayer pensaba que estaba bien atado, de un día para el otro desaparece burlándose de mí y de mi sentido de seguridad. No tengo nada, no controlo nada, excepto lo que llevo dentro de mí. Una vez más, sabiendo la teoría no lo puse en práctica.

¿Cuántas crisis tendré que pasar para aprender la lección definitivamente?

Pues las que sean necesarias para trascenderlas.

Cómo volver a mi centro…

Después de estos 29 días de turbulencia, deseo regresar a mi. No me estoy valorando, ni respetando, ni amando, porque me he dejado en absoluto.

Como dice Jeff Foster en este escrito maravilloso:

Déjate descansar.

Si estás exhausto, descansa.

Si no tiene ganas de comenzar un nuevo proyecto, no lo hagas.

Si no sientes la necesidad de hacer algo nuevo, simplemente descansa en la belleza de lo viejo, lo familiar, lo conocido.

Si no tienes ganas de hablar, quédate en silencio.

Si estás harto de las noticias, apágalas.

Si quieres posponer algo hasta mañana, hazlo.

Si no quieres hacer algo, no lo hagas.

Siente la plenitud del vacío, la inmensidad del silencio,
la vida pura en tus momentos improductivos.

El tiempo no siempre necesita ser llenado.

Eres suficiente, simplemente en tu ser.

Volver a mi centro es aprender a escucharme, crear mi retiro interno soltando cualquier distracción de lo exterior. Estar atenta a mi ego, que me golpea cada día cuando me recuerda que “tengo que hacer”, “tengo que perdonar”, “tengo que soltar”, “tengo que confiar”, “tengo que dar”… y amablemente retirarlo para quedarme en la paz de “no hacer” sino de SER.

Sólo desde el Ser el movimiento de hacer, perdonar, soltar, confiar o dar se vuelve natural, sin esfuerzo. Se manifiesta con sentido, como un bello baile con lo divino.

Al quedarme quieta, permito que lo interno se acomode; al quedarme en silencio, permito que la única voz verdadera me hable y me susurre: “Todo va a estar bien”.

No hay nada más seguro que la seguridad de saber que puedo contar conmigo…

LO SIENTO. PERDÓNAME. TE AMO. GRACIAS

¿Nos vemos en el camino?