Aprender  es  adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio, el ejercicio o la experiencia.

No es una acción simple, ni fácil, ni siquiera instantánea. Se consigue a base de esfuerzo, de voluntad, de repetición, de constancia, de compromiso, de interés y de obtener un beneficio, aunque no se sepa cuál  será.

Hay lecciones que tomamos en la vida sin darnos cuenta y que nos han ayudado a evolucionar para adaptarnos a un medio; hay otras que llegaron de sorpresa, como una visita inesperada y otras entran en la vida pateando puertas, destruyendo tus hábitos y dando vuelta al revés todo tu sistema interno y externo.

En cualquiera de estos casos el proceso es doloroso. El reto es pasarlo para volver a la estabilidad a la que estamos acostumbrados, porque en realidad nos incomoda salir de lo conocido, nos da miedo abandonar lo cotidiano y al no ser capaces de sostenernos en ese movimiento natural del cambio nos bloqueamos y nos aferramos con uñas y dientes a lo que conocemos, aunque lo que conocemos tampoco nos haga sentir muy bien.

Los aprendizajes llegan siempre acompañados de un gran maestro.

Lo confieso: Estoy indignada.

No con el virus ni con la situación, ni con los gobiernos que tardaron en dar soluciones, ni con las medidas  extremas tomadas para la población que nos han confinado necesariamente a un “retiro interno”, ni con las personas que enajenadas y en estado de pánico arrasaron los supermercados. No, mi enfado no es con todo eso.

Estoy indignada conmigo. Porque aún teniendo muchas herramientas de desarrollo personal, la gestión de esta emoción está siendo particularmente complicada.

La indignación es un sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial.

¿Por qué estoy enfadada? ¿Por qué veo en esta situación algo que me perjudica?

Porque estoy siendo empujada de mi zona de comodidad.

No importa quién es el Maestro, lo que importa es la lección que estoy aprendiendo. No importa el nombre, importa su mensaje.

No tengo miedo a la enfermedad, ni a la muerte.

No es lo “espiritual” que yo sea o la cantidad de herramientas personales que haya adquirido, porque nada de eso me sirve si no las utilizo correctamente.

Tiene que ver con mi condición de ser humano, que se sintió discriminado y sospechoso de contagio al caminar por la calle; que en algún momento se distrajo y comenzó a etiquetar las “acciones ridículas” de los demás; un ser humano apegado al desenlace de un futuro catastrófico que me impida realizar todos los sueños previstos. El miedo y la tristeza de dejar de dar abrazos y besos…quienes me conocen saben lo importante que es para mí…

Estos miedos me dejan desnuda el alma y en mi tozudez de encontrar siempre una respuesta me encuentro, una vez más, en la actitud de “soltar”.

Ese soltar me lleva a aprender estas lecciónes:

1. Hoy más que nunca me siento totalmente en igualdad de condición a cualquier ser humano. Cuando alguna vez pensé “Esto no me tocará a mí”, la vida me enseña que no estoy excluida, que formo parte de un sistema, aunque a veces no me agraden sus reglas.

2. Soy “invitada” a cambiar esa parte del sistema que no me agrada, a hacerme cargo de una vez por todas de mi responsabilidad (la Habilidad de Responder a lo que me sucede), de aportar mis herramientas a aquellas personas que están dispuestas a tomarlas.

3. Salir de mi zona de comodidad. Cambiar mi manera de trabajar, mayormente presencial. Buscando la flexibilidad y encontrando la manera de seguir aportando valor desde las redes sociales.

4. Dejar de quejarme porque me han cancelado cursos, talleres, clases y las colaboraciones con otros profesionales lo que me lleva a la incertidumbre de cómo el mes que viene haré frente a los gastos de autónoma y los míos personales. No puedo cambiar “la realidad”, ni detener los efectos de esta causa y no puedo enfadarme por las actitudes, palabras y reacciones de los demás. Sólo puedo hacerme “cargo” de lo que siento ante lo que me sucede y tomar acción para cambiar lo que depende de mí.

5. La vida es un continuo aprendizaje y cada uno de ellos tiene un Maestro diferente, algunos suelen ser más severos que otros, pero en el fondo, todos traen un mensaje importante. Sólo quitándome la fachada de víctima podré avanzar con fluidez.

6. Cada persona vive una circunstancia de manera diferente a la mía, no existen dos mapas iguales. Sus experiencias y emociones harán que esa persona reaccione, tal vez, de una forma que a mí no me agrade o me sienta invadida. Si no puedo cambiar la actitud de esa persona, estoy a tiempo de cambiar la mía ante lo que ella hace.

Mirar más allá del mensaje…

El Virus Maestro me está mostrando una parte de mí que no me gusta, que no termino de aceptar, me está enseñando la oportunidad de avanzar en una dirección que no es la que tenía programada. Me dice que investigue dentro de mí, porque él no es la causa de lo que yo siento hoy. Él sólo es el mensajero que trae un gran mensaje: claro, brusco, conciso, inesperado y depende de mí cómo quiera vivirlo: con dolor o aceptación.

No soy perfecta. No tengo la solución, no tengo la respuesta.

Estoy indignada y me permito llorar para tocar fondo, descubrir el para qué y salir con más fuerza. No voy a dar consejos de cómo tienes que vivir esta situación ni  colgar fotos en las redes para aparentar que yo estoy bien y tú no. Cada cual tiene su proceso y lo vive de la mejor manera que puede.

Hoy decido vivir desde el AMOR y no desde el miedo.

Hoy decido aceptar que el mensaje es para mí, tomando responsabilidad en la parcela que me toca.

Sigo en el camino…¿Nos vemos ahí?